domingo, 10 de octubre de 2010

Una pérdida...

Hace muchos años leí un libro llamado Pantalones Cortos. Este libro fue muy especial para mí porque relataba, de forma animada, las experiencias de un niño a través de su diario.

Recuerdo que me reí mucho con las ocurrencias de sus hermanos, las descripciones de sus papás, las travesuras con sus amigos, y lo que su día a día le enseñaba. También recuerdo que me antojé de llevar un diario, pero aunque me gusta escribir, no soy muy constante, y con tantas cosas que me pasaban no sabía a qué darle prioridad.

También recuerdo que en alguna otra parte decían que escribir un diario era una buena forma de conocerse a uno mismo y de canalizar el estrés, las emociones negativas y otro tipo de terapias (ahh ya sé, creo que fue en un libro de psicología que tenía mi mamá). La idea de estas terapias es que, luego de un tiempo, si uno lee todo lo que escribió se da cuenta de cómo va evolucionando (o se ha quedado estancado… puede pasar) y uno obtiene una perspectiva más amplia de su propia vida, de sus metas y de lo que ha hecho para conseguirlas.

Mucho tiempo después de estas lecturas, empecé mi propia versión de diario (en versión “pormediario”, como el niño del libro denominó al diario que se escribe de vez en cuando) y lo empecé a escribir en el computador (me daba demasiada pereza escribir a mano). Por un tiempo estuve juiciosa, pero después iba siendo menos constante, sin embargo, siempre estuve allí presente, escribiendo. Generalmente, pasaban unos cuantos meses sin escribir y, cualquier día, retomaba la escritura haciendo un resumen de todo lo que había pasado. En esas estuve unos siete años.

Hace unos meses encontré otra vez ese archivo, y lo leí casi con lágrimas en los ojos. Es increíble ver como mi vida cambió casi sin darme cuenta. Todo evolucionó: los pensamientos de niña, los sueños, los deseos, los temores de la infancia (bueno, de la preadolescencia más bien) todo ese compendio de sentimientos y emociones fueron madurando (en su gran mayoría) y fueron dando paso a una escritura un poco más estructurada, a pensamientos y preocupaciones más profundas, a anhelos y sueños aún más grandes, en suma, a una vida de adulta.

Mis primeros “contactos sociales” (es decir, las primeras veces que salía con los amigos y amigas), mis primeros amores (platónicos y reales), mis experiencias terminando el colegio, las primeras en la universidad, las dudas y ansiedades, los éxitos, las peleas que tenía en mi casa y con mis amigos, esos sentimientos ambivalentes que trae la adolescencia, las labores bonitas y los reencuentros. Todos esos sucesos, todas las personas que pasaron por mi vida, todo el crecimiento que esos años traen quedaron plasmados en ese archivo.

Hace unas semanas se me quemó el disco duro y hasta ahora vengo a caer en cuenta que con él se fue ese resumen de mi vida que contenía absolutamente todo lo que sentí, pensé y se me ocurrió durante esos siete años. Mi parte ególatra me hace sentir triste porque fue mi esfuerzo el que quedó hecho trocitos por culpa de ese daño (aunque si a eso vamos, fue culpa mía por no guardarlo en el correo o en algún repositorio online) pero de cierta forma me siento contenta por haberlo leído una vez antes de que se dañara, porque me permitió leer una pequeña autobiografía escrita por mí… para mí.

1 comentario:

  1. Ojalá yo tuviera uno así, me envantaría leerlo. Como dices lo bueno es que pudiste refrescar todas esas vivencias un poco antes de que desaparecieran del todo. Un abrazo.

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