sábado, 18 de septiembre de 2010

Una tarde cualquiera

Miro el reloj y no avanza, las mismas cifras estancadas en esa pequeña pantallita de cristal son mi tortura cada vez que mis ojos se posan en ellas.

Me distraigo mirando por la ventana y veo el mismo panorama de siempre, personas trabajando, discutiendo, hablando, gesticulando. Algunos están concentrados; otros, como yo, miran hacia el infinito esperando que aquella idea esquiva les llegue y se materialice en acciones para plasmar en sus pantallas.

Veo más hacia el fondo, al lugar donde está la parte importante, donde están los elegidos. Me fijo en cada uno de esos pequeños cubículos que contienen poder… que creen contener poder. No puedo evitar una sonrisa mientras trato que no me pillen y vean que ya me quedé en blanco.

Miro a uno de ellos, siempre atento a lo que su trabajo le pide, muy cortés y muy cordial, sabe hacer amigos a su paso.

Miro al cubículo siguiente, allí está el otro, con su sonrisa de pájaro en la cara. Con ojos esquivos, con ego más grande que su espacio. Habla con ella, mira su escote, casi puedo adivinar sus pensamientos. Habla con el otro, sonríe pero se puede ver que es una sonrisa forzada. Pasa por delante de los suyos, lo saludan, siente que tiene el poder. Lo disfruta. No me ve cómo me río de su prepotencia mal adquirida, no me puede engañar, es un cero a la izquierda.

Miro un poco más allá, al otro cubículo. Su ocupante se nota cansada y estresada. Sin embargo, todos saben que es una de las que más trabaja. No en vano ha llegado donde está, así muchos crean que son estrategias mal implementadas. Sale un momento, habla con alguien, se distrae un momento. Supongo que está pensando en que hoy también se quedará hasta tarde.

Sigo mirando, evitando que descubran mi pequeño sondeo. Los otros dos cubículos están vacíos, aunque tampoco sé quienes son sus ocupantes. Parecen fantasmas que en un momento dado ves y al siguiente desaparecen.

Continúo con mi divagación visual mientras vuelvo a ver el reloj. Bueno, ya pasó media hora. Este pequeño recorrido visual ayuda a matar el tiempo, ayuda a distraerme mientras aparece alguno en busca de mi ayuda. Falta poco para poder salir.

Ahora mi mirada se posa en aquel cubículo especial… donde se concentra el poder completo. Ahí se encuentra él, con la experiencia pintada en su rostro. Amable pero distante. Entra, saluda, se concentra, se despide y se va. Eficaz, preciso.

Más allá veo a un grupo de personas en una reunión. Están todos callados, ensimismados… no creo que estén prestando atención.

La bahía, por el contrario, bulle de actividad… la actividad que podría tener una tarde que pasa despaciosa y sin ninguna novedad… para mí por lo menos. Los veo a ellos tres hablando, animados, como siempre, se ríen, hablan, están en su momento de descanso.

Los otros están concentrados en sus pantallas, ocasionalmente alzan la mirada para ver qué entretención les ofrece el mundo exterior, pero se dan cuenta que sus pantallas proporcionan mucha más diversión que la vida real y vuelven a ensimismarse.

Algunos caminan de arriba abajo, hablan, miran, se desperezan. Una jornada completa sentados cansa el cuerpo y la mente. Son dinámicos por naturaleza, se les ve salir a tomar un poco de aire fresco, y evitar un rato este aire artificial que respiramos aquí. Ellos me caen bien, porque su vida no gira en torno a una sola actividad. Con ellos me puedo reír y desperezarme un rato, puedo distraerme.

También puedo ver a quien anda vagando como fantasma, como que no encuentra grupo fijo y se la pasa buscando quien lo puede aceptar. Sabe que su presencia sobra, que es un mal soportable, que en realidad se le tolera por respeto. Su vida consiste en un eterno deambular tratando de encajar. Sabe que nunca lo logrará.

También veo las miradas de amor que se cruzan algunos. En lugares tan pequeños la vista se agudiza y los sentimientos no pasan desapercibidos. Cuando creen que nadie los está mirando, bajan la guardia y se puede ver en sus ojos todo ese cariño que se profesan. Como siempre, los comentarios rondan por ahí, malintencionados, pero prefiero no prestarles atención. Me gustan los finales felices y espero que a ellos se les permita tener uno.

¿Qué más veo? … Veo que sigo sentada, tratando de que el tiempo vaya más deprisa mientras escribo esto, soñando despierta frente a mi pantalla. Esperando que llegue la noticia que anhelo. En mi cabeza los planes se materializan, los sueños cobran vida, las emociones y anhelos se hacen realidades que me ayudan en esta tarde de tedio.

Miro otra vez el reloj, y una sonrisa se me escapa. Ya falta poco para irme. Sirvió mi pequeño vagabundeo mental.

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